Lecturas

Textos

Una selección de poemas y cuentos completos de la obra de Graciela Scarlatto.

La página reúne dos libros: Clepsidras en la lluvia y Dejar la infancia. Cuerpo, madre, lluvia, objetos, infancia y memoria se enlazan aquí como una misma respiración.

Tapa de Clepsidras en la lluvia, de Graciela Scarlatto

Poesía

Clepsidras en la lluvia

Siete poemas elegidos del libro publicado por Ediciones del Dock en 2021.

La selección propone un recorrido por el silencio, el cuerpo, la enfermedad, la lluvia, los objetos y la escritura.

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01

Muda

esta tarde, qué larga voy pasando las hojas de un libro medio acurrucada, medio dormida en un rincón de mi cuarto

tras la ventana no hay nadie la única muda, aquí, es del silencio

02

Territorio bélico, la palabra cuerpo

qué escalera suspendida de alfileres sobre la proa de mi muslo allí qué pájaro, qué territorio bélico la palabra cuerpo antepone al tacto este precario ver de seis letras anterior al dolor y al goce, los muele, los determina puro combate, ocupa el lugar de una ausencia: cuerpo alambrado vacío palimpsesto de grafos cromosomas (supone) dispone una esencia clínica y tardía: esto, la cosa, la máquina celular no es el cuerpo tampoco este tanteo conversa esa experiencia, pozo del yo encerrado y solo en los sentidos, confín del otro mediado aún en lo más próximo, atado a la interpretación de tantas maneras hablado y escrito: enigma vaciado en la definición falso trasluz si desbordara, si pudiera escapar desatarse de la comprensión, ser lo que es tamaña locura escribir decir el cuerpo

03

Medicinas amargas

atado a la cama se licúa el cuerpo desnudo la piel es un trapo mojado sobre los huesos y el vientre una ampolla que anega la boca leche cuajada, puré eso es mi madre en la acidez de esa lengua la hija trajina medicinas amargas solo puede mezclar y moler ser molida en la palabra sin remedio que acabará por ahogarla algún día no hay tamiz para eso atada en el agua, ninguna maldad ningún consuelo

04

Clepsidras en la lluvia

no es esa mi madre contra la llovizna cambiando una y otra vez las fuentes donde iban las goteras a beber era la esquina del cuarto en la que el sol no daba nunca era su cama donde el agua se iba a chorros por las sienes de mi madre una ahogada ya futura la espera en la tormenta

05

Sobre llovido mojado

vas a hablar y el río muele piedra sobre piedra tempestad de corcheas nocturnas a esta orquesta de vientos o al grano de tu voz les temo como al trueno la borrasca silba cantarina, extraña al miedo de no oír tu cuerpo latido tamborcito saxo tenor o clarinete tu boca dice cosas en la noche escucho el vendaval y callo para dejar que vibre el timbre de tu voz melódica en la lluvia dice adiós y lo que cae no moja, es el silencio

06

Variaciones de un pocillo

la nada abre poros en el confín de lo macizo subvierte presencia en devenir deseo esparcido en la loza como el humo del café se expande en las moléculas de aire

este pocillo exuda historia y ocasión de abrigo a la intemperie

el Nombre, pocillo dice apetito compartido que allí ha logrado guarecerse

07

Uruboros

cada grafo negro una cicatriz en la frente así escribe la Lengua sus andamios ¿escuchás la voz de un recitante roncar en mis pulmones? cómo redunda palíndromos esa tos en mi garganta pero la Lengua que escribe desescribe —a lo mejor— me desescribe y habla: que haga su texto entonces

sin paciencia que estalle y vuelva a empezar

como una yema verde

Tapa de Dejar la infancia, de Graciela Scarlatto

Narrativa

Dejar la infancia

Tres cuentos completos elegidos del libro publicado por Ediciones del Erizo en 2023.

Una selección centrada en la infancia como territorio incierto: familia, violencia, ternura y una pregunta persistente por la forma en que el mundo se vuelve legible.

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08

Preciosos caballitos al trote

Que me levantaran en vilo por el aire y me subieran a upa –delante de todas mis compañeritas– era rarísimo, sobre todo si el que me levantaba era papá. Aquél día fue a buscarme a la escuela a media mañana con ropa de trabajo, aunque él siempre andaba trajeado y con moñito.

En aquella época yo era una nena alta y pesada: a duras penas él podía sostenerme. Tenemos que irnos, dijo. Yo no me sentía cómoda en sus brazos y no sabía si debía rodearle el cuello o sujetarme de sus hombros. La barba me pinchaba. Lo más raro fue que comenzamos a correr hacia la calle Chile. Él saltaba las acequias conmigo alzada. Junto con nosotros iba un montón de gente en la misma dirección. Hacia atrás todo era humo y explosiones, como en el circo, pensaba. La policía, vestida de negro y con escudos, avanzaba contra la gente como cascarudos acorazados. Yo no entendía nada.

¿Estábamos en peligro? Mi papá dijo que no. Todo estaba bien.

Por fin llegamos a una esquina. Varios hombres, entre ellos un señor de bigotazos, hacían bambolear un auto que volcó hecho una maraña de fierros. Después fueron a hacer lo mismo con un Gordini. Mi papá enfiló por la avenida a zancadas. Hubiera querido ayudarlo, saber volar o patinar –Papá Noel había mandado una carta que decía el próximo año te los llevo–. Y aunque deseaba proteger a mi papá con toda el alma, tirar de su mano muy lejos del humo de las cubiertas incendiadas, iba a tener que esperar la Navidad.

Nos complicó el paso toda la gente que apareció por la esquina de Las Heras y Chile. Llevaban pañuelos en la boca y yo empecé a toser.

Papá me bajó, ató algo a mi cara y ordenó que me quedara quieta. Que no hablara. Vamos a casa, dijo. Pero no había taxis ni colectivos que tomar. Los que se atrevían a hacer el recorrido terminaban incendiados en la mitad de la calle.

Por los gritos supe que la gente nos precedía y nos seguía.

Entonces espié un poco por encima de la máscara. Los ojos me ardían. Las tiendas de la calle San Martín se veían como puntitos lejanos y ese era nuestro destino. Vivíamos a quince cuadras de la biblioteca, por la Alameda. A veinte calles del cole. Al final papá se detuvo, me sacó la cosa esa de la cara y me agarró tan fuerte del brazo que dolió. Dijo que corriera sin soltarlo, sin mirar a nadie, rapidito. Y así íbamos, entre la montonera de gente enardecida.

Nunca antes de ese día ni después vimos en Mendoza una locura como esa.

–¿Qué pasa, qué pasa? –decía yo.

–Que el gobernador Gabrieli es un pelotudo –dijo un tipo que corría al lado nuestro.

Por el bulevar de la calle Mitre venía la misma montada que años después pisotearía a la gente en Plaza de Mayo, pero ese día para mí eran preciosos caballitos al trote. Pasamos como el rayo y nos pusimos del lado de la calle, no de los negocios, porque la gente le tiraba piedras a las vidrieras. Dos veces estuve a punto de caerme a un zanjón.

Entonces un Citroen que iba despacio se paró. Suba, don, dijo el hombre y nos acomodamos en los asientos de atrás. Era un señor con mirada de buena persona, pensé. Yo solo tenía miedo de que nos hicieran volcar como al Gordini, pero el Citröen empezó a tomar velocidad. Corría detrás de la gente que a su vez marchaba con banderas por la calle Las Heras. Doblamos por Avenida España, que parecía más calmada. ¿A dónde van?, dijo el hombre del Citröen. Montecaseros y Coronel Díaz, dijo mi papá. Voy de camino para allá; y va con una nena, qué escándalo este país, dijo el hombre. Mi papá repetía pelotudo como un mantra, pienso ahora; bajito, para sus adentros. El gobernador Gabrieli es un pelotudo.

Yo miraba por la ventana. La gente, con bolsas de papel en la cabeza, tiraba botellas con fuego a las vidrieras y trataba de voltear los coches estacionados en Avenida España. Por esa calle no había policía, estaban concentrados en Mitre –para atajar la multitud que viene de frente, decía mi papá– y en la avenida principal, donde los disturbios se habían salido de madre y todo era un quilombo, dijo el hombre.

Yo admiraba los arbolitos, el cielo azul. Estaba perpleja, pero no asustada. Me sentía segura porque iba al lado de mi papá y, además, estaba contenta de no tener geografía –debía saber de pe a pa los ríos y los cordones montañosos de Cuyo–. Pensaba en mis amigas. ¿Ellas estarían corriendo a upa por la calle Las Heras?

Nada será igual después de hoy, dijo el señor. Y era verdad.

El cuatro de abril de 1972, Papá Noel se propuso ignorar mis cartas.

09

El beso robado

La mía (mi infancia) es un paisaje de niebla, de donde surgen recuerdos aislados como árboles solitarios...

de esos que parece que vayan a echarte las ramas encima y comerte.

KING, S. Mientras escribo.

La idea es horrible, pensé.

–Me encanta –dije.

Estaba parada en el césped, en lo que, según creía, había sido la habitación de las goteras. La habían demolido. Ese rectángulo de cuatro por cuatro era ahora un jardín que precedía el deck de la pileta. En el parterre de las azaleas había estado la cama ortopédica, en el medio de la habitación, que generalmente se hallaba a oscuras. Las palanganas se agrupaban en la esquina izquierda, donde el cielo raso, amarronado con figuras fantasmales como nubarrones de tormenta, filtraba el agua de lluvia desde la loza del techo. Yo era la encargada de vaciar esos cacharros y cada vez, al entrar sigilosa para que mamá no despertara, echaba un vistazo hacia la cama, donde las sondas y la sombra de la tardecita fustigaban y guarecían el cuerpo enfermo por igual.

–¿De verdad te gusta? –Dijo Gonzalo.

–Sí –mentí.

Nos casamos en la primavera. Durante un tiempo vivimos en un piso de la ciudad de Mendoza, pero Gonzalo quería mudarse a los suburbios, tener espacios verdes, un salón, una biblioteca. Tuvo la idea de comprar y reciclar la casa de mi infancia, en Luján de Cuyo.

Yo hablaba constantemente de aquella casa. El patio, los árboles frutales a los que había aprendido a trepar cuando tenía seis años y la biblioteca, que había sobrevivido desde los tiempos en que mi abuelo compró la casa, después de vender el almacén. Habíamos vivido allí desde que tenía memoria y mi madre antes que yo. En mis tiempos ya era un caserón vetusto, limado por los años y las crisis económicas. De su antiguo esplendor sólo conservaba la biblioteca. Muchos de mis mejores recuerdos transcurrían en aquella habitación soleada donde mi abuelo tenía su escritorio. Allí abajo, escondida durante las siestas, yo leía secretamente “Las mil y una noches” en la traducción erótica de Mardrus. Así, creo, asocié el placer con las historias y nunca más pude resistirme a los libros y a aquellos mundos plurales y maravillosos que brotaban como aquel parterre de azaleas.

Ahora, mientras recorríamos el deck y apreciábamos la pileta, no podía olvidar aquellas idas y venidas con baldes y fuentones a la habitación de las goteras, como yo la llamaba. Todo eso me recordaba a mamá. Había sido una mujer espléndida. Pero en la cama, cuyo respaldo mi padre alzaba para aliviar el dolor de las escaras, aquel bultito flaco y con pañales no podía ser mamá. Yo pasaba entonces por los pies de la cama sin mirarla. Y ella, a veces, con un susurro que conservaba aquella dulzura de los modos y el timbre de la voz, decía: Marielita, vení. Entonces, con algo de aprensión y un poquito de asco, yo iba a la biblioteca y volvía con su libro favorito (la historia del beso que un oficial recibe, por equivocación, de la boca de una chica cuyo vestido hace fru-fru). Me sentaba en la silla junto a la mesa de noche y leía con el ritmo de fondo que imponían las goteras.

Pasábamos de largo la descripción de la fiesta, de los cañones y hasta las más amables de la belleza del salón de té. Íbamos directamente a la parte de aquel beso clandestino, dado a un destinatario indeseado, erróneo. Una y otra vez. Una y otra vez. Ella sonreía y decía a veces: nena correme el sol (y yo entonces apagaba la lámpara) o poneme lo mojado (y le traía agua buscándole sentido a su afasia). Nos quedábamos así, en la semipenumbra de barrotes que la persiana proyectaba sobre el piso de baldosa.

Papá trabajaba en el taller, en la huerta, hacía las compras y la comida, pero no entraba casi nunca al cuarto al que, previo a pasar por la biblioteca, yo entraba con el libro de siempre y las palabras, como las goteras del rincón, caían una a una, rítmicas y húmedas, mientras yo a veces levantaba la vista para ver el bulto maloliente en la cama.

Mamá se enfermó cuando yo era adolescente. Gonzalo fue entonces un confidente, un amigo. Siempre había estado cerca, escuchándome. Y cuando crecimos y empezamos la facultad yo me sentía... No sé. Agradecida, creo. Tal vez enamorada. Su idea de reciclar la casa de mi infancia fue, creo, a su manera, una forma de recordarme quién había sido él en mi vida y lo que había hecho por mí.

Mientras tanto en los salones del siglo XIX del cuento que amaba mamá, aquel soldado bullía de esperanza. Yo leía sin prestar atención a las goteras, a la imagen a la vez temible e indefensa que emergía de la cama. Eso no, eso no, decía mamá cuando el narrador describía los pertrechos de la infantería, el paso de los cañones, el atuendo de los soldados. El beso, decía, y yo volvía al salón oscuro de mi cuento donde una chica entraba furtivamente a besar a un enamorado que no estaba realmente allí. Pero el soldado revivía de su abulia en una ensoñación que lo rescataba de su vida anodina de soldado tímido y melancólico. Un pensamiento, entonces, me sobresaltó. ¿Debía entender, literalmente y no como producto de la incipiente afasia, su súplica?

¿Querría mi madre un beso robado?

Me fui después de bajar las persianas sin mirar atrás, incapaz de acercarme.

Pero un día, después de leerle el cuento, pasé por su cama y tuve un impulso brusco, extraño a mis deseos. Me acerqué, le di agua, me obligué a mirarla mientras la bebía de una forma repulsiva y le di, como quizá ella quería, un beso sumiso, final en la mejilla. Sus pupilas se hincharon, entonces, de asombro y a su boca llegó, primero de modo imperceptible y luego con franca luz, una sonrisa.

–¿Estás contenta? –Dijo Gonzalo.

Di media vuelta y lo miré. Sus ojos estaban anhelantes. Me había visto deambular por la casa, taciturna e insegura, y ahora pedía con aquella mirada ansiosa una confirmación de sus buenas intenciones. Lo abracé, puse la cabeza en su hombro y lo besé despacio en la mejilla con otro beso que tampoco le estaba destinado. Y lo que entonces dije, se lo dije más que nada a ella, pero también aquella letanía, quizá, iba dirigida a Gonzalo. Te quiero, dije; y las sombras no se aclararon y las goteras no dejaron de sonar.

10

Little Lizard

1

El televisor afirmaba que el paso a Vallecitos estaba cerrado por la nieve. La radio Nihuil decía que no podían cruzar automóviles con provisiones y que los andinistas estarían aislados en los refugios. Se esperaba viento blanco en altura. Televisión y radio coincidían en que la emergencia se prolongaría por veinte días.

Néstor, el hermano de Gonzalo, estaba en el refugio de la universidad, a diez kilómetros más allá de la entrada a Vallecitos. Pilar, la madre, tendía ropa blanca en el patio mientras la televisión funcionaba en la cocina. Entró a buscar la escoba justo para oír que los escaladores se habían quedado sin alimentos. Gonzalo estaba en la escuela y José, el marido, en la fábrica. Ella se puso un tapado y corrió a la casa de la vecina a pedir el teléfono.

¿Qué podía ser tan importante para que ella lo llamara?

–Están aislados, José. No tienen qué comer y viene viento blanco –dijo Pilar.

–Calma. Se llevaron atún y salchichas para un regimiento.

–Pero. Pero, ¡José!

El padre de Gonzalo cortó con fastidio.

Ya hablarían cuando volviera del turno vespertino.

Pilar se sentó en la cocina a llorar sin consuelo. Prendía la radio y apagaba la televisión para ver si el punto de vista mejoraba. Pero los chicos no eran tema del prime time del mediodía. Sandro estaba invitado al programa de Mirta Legrand y en la radio pasaban música en inglés.

Ella no hizo las compras, no hizo la comida, se acostó y lloró y lloró pensando en Néstor con la radio prendida.

José, en la fábrica, sacó el tema con un compañero.

–Mi mujer hace tragedia por todo.

–¿Usted no está preocupado?

–Mire: todo depende de la presión –dijo José–. A menor presión, más nieve. Pero también hay que tener en cuenta las nubes; ya

sabe, usted puede estar esquiando con sol y pendiente abajo hay una parva de nubes y nieva que da miedo. Mi mujer le cree a la TV como a la Virgen.

Pero hay que analizar las cosas, hombre, antes de llorar así.

–Hay que analizar, Pilar, si nieva en altura. Por ahí en Vallecito hay sol y no pasa nada.

–Qué analizar ni analizar. ¡Tenés que ir a traerlo!

La cocina estaba casi en penumbras; la luz de la alacena era la única que estaba prendida. No había nada para cenar. Pilar puso cerveza en la mesa, pan y un poco de fiambre. Mientras José comía, ella caminaba llorando desde la heladera al televisor y viceversa.

Gonzalo había vuelto de la escuela técnica a las seis de la tarde. Escuchó las protestas de su madre y terminó por encerrarse a escuchar música. Salió cuando llegó su papá. Lo escuchaba con devoción.

Una vez, hacía un par de años, le había explicado a su padrino, topógrafo de profesión, la diferencia entre un teodolito, un nivel de manguera, uno de mano, uno fijo y uno automático. José se lo había oído a un vecino. El episodio ocurrió en la casa del padrino, durante la cena de su cumpleaños y a la hora del postre.

¿Querés un trago, José?, le decían para interrumpirlo.

No. Él dió una clase magistral de oídas a todos los presentes.

En esas ocasiones en que su papá desplegaba su saber no dejaban de ser memorables. Semejante exhibición de retórica incomodaba a Gonzalo. Se sentía como una lagartija comparada con caimán. Aunque él estaba en la secundaria y José había abandonado en quinto grado, la sapiencia paterna era imbatible. Eso o su locuacidad.

En la casa de Gonzalo no había biblioteca. Los chicos leían revistas; pero, en cuatro estantes del mueble más importante del comedor se apilaban, en primoroso orden, la colección de José del Almanaque Mundial y la del Reader Digest.

Gonzalo no sentía la menor preocupación por Néstor, aunque era verdad que no había encontrado la bolsa de dormir de duvet y se había llevado la otra. Siempre salía mal equipado a sus viajes y el refugio de la universidad era inseguro cuando nevaba mucho. Si le pasaba algo, Gonzalo podría manejar el Falcon, aunque no quería que su hermano muriera, sólo que no pudiera conducir por un tiempo. Por otro lado, él también creía que era muy justo lo que opinaba su padre cuando decía que mamá dramatizaba todo a niveles muy neuróticos o peor. Siempre para llamar la atención.

–Ma –dijo Gonzalo– qué narcisista...

La cachetada voló y Pilar se desplomó en la silla para seguir llorando. Gonzalo se quedó de una pieza, pero no se fue de la cocina.

Quería escuchar lo que decía José.

–Basta. Es una simple cuestión meteorológica; que, si vamos al caso, no es una ciencia exacta. La televisión dramatiza. Viven de eso.

–No vas a ir. ¿Tu hijo no te importa? Claro: ¡Que se muera de hambre y de frío! Nunca fue tu preferido–. El resentimiento de Pilar

enrojecía sus mejillas como una fragua.

Levantándose de la silla y haciendo una seña con el brazo que incluía toda la cocina, José tomó una decisión.

–Traé las camperas de duvet, Gonzalo; sacá las cadenas del garage. Mañana le haremos caso a tu madre de una vez.

2

A las seis de la mañana, con siete grados bajo cero, Gonzalo y José cargaron el auto con cadenas, abrigos, fideos, salchichas y frutas, y partieron rumbo a Vallecitos. El Falcon todavía tenía torque para afrontar cualquier camino de montaña. Tomaron San Martin Sur hasta Panamericana y, desde allí, a Cacheuta. La conversación en el auto era animada. José conocía la causa de que los cerros de la Precordillera fueran coloridos. El amarillo era una formación de limonitas y minerales sulfurados, el rojo se componía de argilitas y arcillas; el blanco, cuarzo. José se esforzaba. Quería que sus hijos lo admiraran. Y había muchas cosas que mostrarle y enseñarle a Gonzalo en ese paisaje agreste que, para él, sin desmerecer del todo la altura de los picos, era un cúmulo de cascotes desperdigados en una tierra desértica donde solo crecía la jarilla. Incluso el Río Mendoza bajaba seco con un hilito de agua en invierno.

En Cacheuta la nieve ya era muy resbaladiza y hubo que poner las cadenas. El procedimiento lo explicó José con mucho cuidado. Él colocaría las cadenas a continuación de las cubiertas, en línea recta, y Gonzalo debería hacer avanzar el auto sobre ellas. Entonces José tomaría ambas puntas y con un gancho de seguridad las ataría en la parte superior de las gomas. Gonzalo no podía creer lo que escuchaba. Solo Néstor podía manejar el Falcon del 68', que a esa altura ya no era nuevo, pero tenía facha. Se subió, sacó el freno de mano, encendió el motor cuyo rugido puso su corazón al ritmo de una batucada y movió la palanca a primera. Corrió el auto quince centímetros.

¡Más! ¡Más!, pedía José. Gonzalo apretó el acelerador muy despacio y movió el auto otros quince centímetros. Bajate, dijo el padre. Entonces ató una cadena, mostrándole la forma de hacerlo y Gonzalo lo ayudó a ajustar las demás.

Cacheuta sí le gustaba. Era un valle pequeñito con espejos de aguas termales entre cerros altísimos. Un puente de madera, muy precario sobre el precipicio, ayudaba a los turistas a cruzar al otro lado y acceder al valle. Pero pasaron de largo a 25 kilómetros por hora sobre la nieve y con las cadenas puestas. José explicaba los distintos tipos de nieve, porque hay una taxonomía que va desde la pelusa al hielo. La radio estaba rota, pero Gonzalo escuchaba Survivor en su cabeza. Después algo de Billy Joel. Al mismo tiempo buscaba un tema de conversación que pudiera tomar desprevenido a José. Dijo:

–¿Sabías que el sistema solar tiene nueve planetas y el mas chiquito es Plutón?

–No, hijo. Plutón es un satélite de Neptuno.

–No, pa. Esa teoría se descartó en el 70'. Lo dijo la profe.

–Qué sabe la profe. No saben nada. Dan clases con lo que aprendieron hace veinte años. ¡Hay que leer para aprender!

–Vos lees los diarios y el Almanaque. Nunca te vi leyendo un Atlas de Astronomía...

José desvió los ojos de la ruta; miró fijamente a Gonzalo. Luego volvió la mirada al camino y dijo, con mucho aplomo:

–Bueno, vamos a comprar uno y a averiguarlo.

Pero Gonzalo sabía que eso era imposible. Ningún Atlas de Astronomía superaría en saber al Almanaque Mundial. Por lo menos en la imaginación de su papá.

3

A la altura de Potrerillos la nieve era casi intransitable. Iban a catorce kilómetros por hora y una de las cadenas se soltó. Se abrigaron más y bajaron para revisar. José tuvo que ajustarla. Gonzalo dijo:

–¿Sabías que la playa de Omaha fue la que tuvo más muertes en el desembarco del Día D?

–Sí. Y mirá lo que te digo: El responsable de esa invasión en Normandía fue el Comandante en Jefe "Ike" Eisenhower. La

operación se llamó en secreto Overlord, ¿lo sabías?, y tuvo enormes bajas; pero fue el principio del fin de la guerra.

Gonzalo volvió a Survivor.

Quince kilómetros más adelante se encontraron con el Destacamento de Vialidad. Una motoniveladora Galium Heavy del año 75' se preparaba para quitar la nieve con dos cuchillas enormes. Una decena de automóviles precedía a Gonzalo y a su papá y una caravana los seguía. La Galium salió con la velocidad de un perezoso y comenzó a abrir el camino. Parecía que después de todo iban a rescatar a Néstor. El nivel de la nevada había sido tan enorme que a duras penas las cuchillas podían trabajar en la ruta de tierra. Entonces, como estrategia, la enorme cola de autos se adhirió a la Galium para que no pudiera dar la vuelta y regresar.

Fue un viaje duro para Gonzalo, que ya no tenía ganas de conversar.

En un recodo del camino doblaron a la izquierda. Fue un trayecto de tres horas. Al poco tiempo había salido el sol. El papá de Gonzalo dijo:

–¡Viste que no hay nieve en altura! Acá hubo sol todo el día. ¡Estoy seguro!

–¿Estará bien Néstor?

–Tu hermano hace espeleología. ¿Te parece que se va a asustar por esto?

–Pero mamá tiene miedo al viento blanco y no sabemos si resistió el refugio.

–Ya me las voy a ver con tu madre, yo. Vas a ver.

Por las ventanas del Falcon se veía un desierto blanco. Incluso las laderas y los picos estaban nevados; y no se apreciaba la vegetación excepto uno que otro pincho de jarilla que sobrepasaba el nivel de la nieve acumulada. Sin embargo, arriba reinaba el sol en un cielo radiante de color azul Capri. José maldecía, pero Gonzalo se sentía muy feliz.

Detrás de la máquina, llegaron al refugio a las cinco de la tarde. A las seis sería de noche. El mótorman de la Galium dijo que volvía al destacamento a las seis y media en punto, sin esperar a nadie.

Los caracoles de Vallecitos son conocidos por su gran peligrosidad. El camino es angosto y el radio de giro es muy agudo. Son nueve curvas al borde de un precipicio. Eso preocupaba a José. Mucho más teniendo en cuenta que la Galium, un monstruo de varias toneladas, podía causar, en una mala maniobra, un gran accidente.

Pero ahora pensaba en Néstor. La falta de una bolsa de dormir adecuada, como había dicho Gonzalo, era para preocuparse y no sabía si había llevado abrigo suficiente.

Finalmente la motoniveladora superó los caracoles con éxito –pero era de día– y llegó a destino con toda la caravana en buenas condiciones. Los automóviles se aproximaron al refugio y estacionaron. Entonces Gonzalo distinguió a Néstor tomando sol en una roca, fumando con sus amigos. Llevaba la gorra verde militar, un buzo y los mismos jeans marrones de siempre. De reojo, Gonzalo miró a José. Un rictus de violenta cólera se le juntaba en las comisuras. Cuando se acercaron, dijo:

–Tu madre piensa que estás en estado criogénico. Nos vamos ya.

–No. Yo me vuelvo en el colectivo de la universidad que viene mañana a buscarnos.

Vamos todos los chicos juntos –dijo Néstor.

–Pajarón, vos no sos un chico. Mirá el viaje que hicimos. No te doy una trompada porque esto ha sido cosa de tu madre.

–Me imagino. Estamos bien, papá. En serio. Sentate a comer algo.

En una marmita de camping se cocían fideos y en una cacerola hervían varias salchichas. El clima era razonablemente benigno para un día que había estado lleno de sol. José fue al auto y bajó las provisiones. Se sentó junto con Gonzalo a comer con Néstor y los demás. Fue una cena larga en la que los chicos escucharon cómo la universidad había construido esos refugios, con qué presupuesto, quién era el Rector y cuál el Gobierno de turno. Entremezcladas con esos datos estaba la prosapia del Rector, la del político con pelos y señales y algunas anécdotas que hubieran sido divertidas, pensaba Gonzalo, si José no las hubiera contado en un tono tan solemne.

Se hicieron las seis y media y la motoniveladora se dispuso a partir tocando muy fuerte la bocina. Maniobró despacio para tomar el camino e hizo unos veinte metros para que la cola de autos pudiera organizarse y seguirla.

José abrazó a Néstor y Gonzalo y él se saludaron. Fueron al Falcon y se acomodaron en el segundo lugar detrás de la Galium. Era una noche sin luna. Empezaba un fuerte ventarrón que podía convertirse en viento blanco. Néstor había quedado Atrás. Ahora los esperaban nueve curvas cerradas y un gran precipicio. El cielo, además, era un bloque de obsidiana sin estrellas.

4

La motoniveladora iba muy despacio. Para cuando hicieron el primer tramo recto previo a la curva, el viento blanco se había desatado con furia. Con una velocidad de setenta kilómetros por hora, levantaba la nieve suelta del piso, además de que nevaba y caía granizo. José no veía nada. El parabrisas estaba congelado y los limpiadores no podían arrastrar tanta capa de hielo. La visibilidad no superaba los cincuenta centímetros desde las ventanas laterales, si se bajaban. Y era imperioso conducir pegados a la ladera. La primera reacción era frenar. Pero eso provocaría accidentes con los autos que seguían la caravana. No había más que continuar en primera, en una ruta que, a pesar de la Galium, conservaba algo de hielo e iba en bajada. Iban a cuatro kilómetros por hora, pisando el freno de continuo. El primer tramo recto les tomó casi veinte minutos. Los autos tocaban bocina para que los demás conductores pudieran deducir su distancia. Las luces del auto delantero eran como el fulgor de un polvo mágico, tenue y efímero. Las luces más potentes de la motoniveladora no se veían, porque iba a un coche de distancia. José dijo:

–Cerrá tu campera hasta arriba, hijo. Ponete uno de los gorros que hay atrás. Esto es viento blanco, pero vamos a salir.

La primera curva se acercaba. Gonzalo hizo todo lo que dijo José y bajó la ventanilla, como le indicó después. El hielo le azotaba las mejillas y no sentía la nariz. Las instrucciones de su padre fueron:

–Tenemos que ir pegados a la ladera en todo momento. Si nos separamos veinte centímetros estamos muertos. Vos vas a ser el

capitán y yo el timonel. Tenés que decirme si me alejo de la ladera y ayudarme a corregir la dirección. Cuando se acerque la curva, vos me vas a decir cómo y cuánto doblar el volante. Si voy bien, si sigo pegado al canto de la montaña. Si ves que me desvío, tenés que corregirme.

Gonzalo no se inmutó. Dijo:

–¿Y si no puedo?

–Sí vas a poder.

Sacó el cuerpo por la ventanilla hasta el pecho. La temperatura había bajado a dieciocho grados bajo cero. Tenía las manos insensibles por el frío. Comprobó que podía ver con poca dificultad la ladera de la montaña y, con algo de equilibrio, tal vez podría tocarla con los guantes puestos. Los sacó de la guantera. Las manos le temblaban y no podía detener el castañeteo de los dientes. Su voz sonaba apagada por la tormenta.

–Ahora vas bien pegado a la montaña, seguí así un poco más.

–Cuando tenga que doblar, vas a decirme cuánto.

–Ahora. Sólo un poquito.

–¿Cuánto es un poquito?

Gonzalo no había manejado nunca el Falcon, excepto ese día para poner las cadenas. Lo pensó un momento:

–Mové las ruedas cinco centímetros a la izquierda.

–¿Así?

–Un poco más. Así. Otro poco.

–Avisame cuando empiece la recta.

–No veo nada.

Más atrás se sintió un estruendo. Seguramente uno de los autos posteriores había embestido al de adelante. El mótorman de la Galium llamaría por radio para pedir el auxilio. A Gonzalo se le estrujó el corazón. Miraba a su papá. Estaba agarrado con las dos manos desnudas al volante. Tenía los nudillos blancos y los ojos muy abiertos debajo de los lentes, que trataba de mantener en su lugar encogiendo la nariz. Sus cejas estaban blancas por la nieve. Gonzalo sintió algo a lo que no pudo ponerle un nombre.

–Vas bien, pa. No frenes. ¡Sigamos!

–Eso fue un auto embistiendo a otro, hijo. ¿Y si se cayeron?

–Nosotros no nos vamos a caer. Dale así. Seguí girando como vas, sin torcer más el volante. Avanzaban a diez centímetros por

segundo, ateridos por el viento que inundaba la cabina del viejo Falcon, que no tenía calefacción.

En un punto, la curva se suavizó y el tramo recto parecía empezar a unos pocos centímetros.

–Ahora enderezá. Muy despacio. Así vas bien. Otro poco más –decía Gonzalo, temblando de frío.

José miraba con obsesión el parabrisas congelado, parecía querer traspasar esa capa gruesa como una lámina de telgopor directamente con los ojos.

–Listo –dijo Gonzalo–. Ahora viene la recta. Dale despacio. Más a la izquierda.

José corrigió la dirección. Gonzalo estaba al borde de la hipotermia, pero ayudaba a José con toda la devoción que podía.

Quedaban ocho curvas más.

Cuando pasaron los caracoles y retomaron el camino normal, José iba callado. Todavía la visibilidad era nula y Gonzalo lo ayudaba a conducir. Pero pronto el viento blanco cesó; ellos habían descendido un trecho largo. Una hora después caía nieve fina y el ventarrón había parado. La caravana iba en silencio. La Galium aminoró la marcha tocando bocina y luego se detuvo. Hicieron lo mismo todos los coches. Habían perdido dos autos en ese viaje. José y Gonzalo limpiaron el parabrisas y ajustaron las cadenas, como todos los otros. No se conversaba.

Al retomar la marcha, José no dijo nada en dos horas; iba con la vista fija en el camino.

Pero de pronto, preguntó:

–¿Sabés que el viento blanco es un fenómeno que se da también en Rusia y en Estados Unidos. Ahí lo llaman Blizzard.

–No, pa. Ni idea. Pero hay una palabra en inglés muy parecida. Lizard. Significa "lagartija" –dijo Gonzalo.

Después de un rato largo, José lo miró. Dijo: –No sabía.

Los textos se irán incorporando y ampliando.

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