Poética

La voz

La cadencia no acompaña el sentido: lo produce.

I

La escritura de Graciela Scarlatto se distingue, ante todo, por una forma singular de escuchar. Cada libro desarrolla un tono propio, sostenido por un trabajo preciso con el ritmo. La cadencia no funciona como un ornamento: organiza la percepción, produce tensión y participa de manera decisiva en el sentido.

Con una prosa contenida y de alta densidad simbólica, Scarlatto construye atmósferas donde el paisaje adquiere una presencia tan decisiva como la de los personajes. El cuerpo, la identidad y el poder se entrelazan en una escritura atenta al habla y a la materia. En el filo entre ambas encuentra su forma de decir.

Dice Graciela Scarlatto

01

El ritmo

La sintaxis y la puntuación producen sentido. La cadencia y el tono nacen de una música que no depende necesariamente de la materia semántica, sino de la repetición, las pausas, los silencios y las interrupciones.

Esa música no es consciente: se escucha. Algo dicta las notas de ese registro. Después vienen otras elecciones —el vocabulario, el idiolecto de un personaje, la organización de la frase—, pero la musicalidad está más ligada a lo inconsciente y se arraiga en el estilo.

Luego se corrige. Se insiste sobre ese primer hallazgo, que no proviene del autor como decisión, sino que se constituye en lo profundo de un cuerpo y se deja decir, sin la intervención de una voluntad o de un deber ser.

02

La materia

El mundo es opaco. La literatura nos ofrece una variedad de cuerpos que se ordenan desde la observación —que nunca es excesiva—, la inspiración y algo, seguramente, de intuición. Probablemente, mucha.

Yo suelo tener la impresión de que algo se escribe en mí. De que no soy necesariamente yo quien organiza la materia de un texto, sino que los objetos vienen al texto, se imponen.

Poner la mirada es enfocar la cámara en un primerísimo plano significante, capaz de disparar en muchos sentidos a la vez, de volverse polisémico. Y esa materia, así alumbrada, nos hace ver y comprender el mundo como si lo viéramos por primera vez.

Escribir es una tarea de la mente. Pero lo que se escribe, solo, incluso indefenso e inerme, es el cuerpo. El propio. El de las cosas. El mundo.

03

La incertidumbre

Se podría pensar que la escritura nace del conocimiento. Nada más lejano de la realidad. En mi caso, no saber es el impulso necesario para escribir. De ahí vienen las ganas, el entusiasmo.

La incertidumbre es el más humano de los estados del alma y, al mismo tiempo, uno de los más denostados. A mí me volcó a la escritura. No saber es querer entender. Y ese ejercicio tiene que estar atravesado por la paciencia de la escritura: por una forma de inquirir los objetos y las causas, de valorar las consecuencias.

Hay también un ejercicio de travestismo: tomar el disfraz, la pose del otro, para intentar comprenderlo. Así, el mal como misterio encarna en un personaje al que puedo interrogar, cuyos motivos puedo explorar y al que incluso puedo interpelar.

Pero hay otra cara del mismo argumento. Si la incertidumbre es el motor que da inicio a la escritura, la literatura es, por ese mismo motivo, una forma de conocimiento: un ofrecerse de las vidas y de las ocurrencias posibles a una mirada absorta, que aprende y se nutre de esa diversidad.

Lo inestable tiene valor porque nos empuja a reconocer nuestras deficiencias, a aprender. A leer. Y, en mi caso, naturalmente, a escribir.

No saber es querer entender.

Escribo para entender.