La lata
Guarda aquello que nadie llamaría valioso y contiene, sin embargo, una vida entera.
Novela inédita
Una novela breve, filosa y lírica sobre la supervivencia, la culpa y la posibilidad de salir de una vida sin convertir esa salida en moraleja.
Clave de lectura
No regresar jamás al lugar del que se ha partido, sino siempre viajar hacia un origen desconocido.
Marina
Marina cumple treinta años trabajando en la caja de un supermercado de Buenos Aires. Vive sola, bebe demasiado y guarda arriba del placar una lata de dulce con plumas, bolitas, una llave, moneditas, una bala calibre veintidós y un revólver pequeño.
En ese archivo de objetos mínimos se concentran la infancia rural en Mendoza, una madre que deja de reconocerla, un padre violento, el amor de Lautaro, un pacto imposible y la fuga hacia una ciudad que ya no consigue ocultar lo enterrado.
Marina no pide compasión. Su voz —oral, seca, irónica y sensible— transforma la materia más áspera en una forma de lucidez.
Archivo afectivo
Guarda aquello que nadie llamaría valioso y contiene, sin embargo, una vida entera.
Prueba de supervivencia, talismán y deuda entre Marina y Lautaro.
Juego, cortejo, memoria compartida y una forma final de reconocimiento.
Una yema nueva que insiste en vivir contra las rejas del balcón.
Adelanto
El comienzo abre la lata de recuerdos y presenta la respiración de Marina: el humor, la herida, los objetos y el deseo de irse.
Aunque el alcohol ayuda, jode rebobinar la cinta.
En el campito, el matagatos estuvo escondido mucho tiempo. Era de calibre veintidós. Mi papá decía que era un revólver. Mi nona no: qué va a ser la cosa esa —decía—. ¡Revólver, mi abuela! Yo lo metí en la lata. De chica guardaba una lata de dulce llena de cosas. No era una alcancía porque las moneditas hacían ruido feo, a grillos de metal. Tenía una pluma de carancho que encontré en la acequia, bolitas, una llave que no abría nada y una moneda de diez centavos, brillante como un ojo de merluza. Guardaba más tesoros, pero no eran tan lindos.
No sé por qué las juntaba. Bueno, sí sé. Había cosas que se iban y otras que no, y entonces una quería tener aunque fuera un botón, una plumita. Algo para siempre. En mi casa desaparecían las gallinas, los perros chicos, los recuerdos de mi mamá y a veces también mi papá. El calor no. En verano el agua de la manguera salía tibia y el aire olía a hinojo seco, a grasa y a perro.
Yo tuve un perrito, antes de Hojalata. Más chico, era. Con una oreja amarilla, medio pintada con té. Le puse Pólvora, aunque era manso. Mamá hubiera dicho que los nombres llaman a las cosas y que una no debería andar invocando desgracias. Pero a mí me gustaba decir Pólvora porque explotaba en la boca. Hay palabras que son de juguete y otras de vidrio. Mamá era de vidrio. ¿Vos quién sos? también. Pólvora, en cambio, era un caramelo en la lengua.
Disponibilidad editorial
El manuscrito completo y el dosier se encuentran disponibles para editoriales y agentes.
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