Graciela Scarlatto
Novela inédita Los
pozos
Copia para editoriales y agentes

Novela inédita

Los pozos

En un pueblo del oeste argentino, un hombre enterrado hasta el cuello escucha a su verdugo narrar el viaje que hizo para matar a su padre.

Género
Novela literaria
Estructura
El presente del pozo, el viaje de Sinchicay y la historia de Oda
Espacios
La Dormida y un recorrido de Chile a Ecuador
Estado
Manuscrito completo, corregido y en circulación editorial

Clave de lectura

Una novela excavada en voces

Cada capítulo abre otro pozo: no para encontrar una verdad definitiva, sino para exponer las capas de memoria, deseo y violencia que sostienen a los personajes.

La Dormida

Tres días bajo el sol

En La Dormida, un pueblo del oeste argentino, Gómez lleva horas enterrado hasta el cuello bajo un sol implacable. Sinchicay, su verdugo y antiguo amigo, debe decidir si lo mata. Mestizo aimara, seminarista y caudillo de un orden sostenido por la violencia, convierte el castigo en una prueba física y moral y, también, en un relato: mientras Gómez resiste, le cuenta el viaje que hizo de Chile a Ecuador para encontrar y matar a su padre.

Alrededor del pozo, las relaciones de poder del pueblo empiezan a moverse. Oda, amante de Sinchicay, ha sobrevivido reinventando su cuerpo en los márgenes y queda atrapada entre él y Andrada, verdadero dueño del negocio. Cada personaje ocupa un lugar inestable dentro de una trama de lealtades, traiciones y deseos que lo exceden.

Narrada entre la oralidad feroz de Sinchicay y una tercera persona que abre el mundo de La Dormida, Los pozos explora la masculinidad, la amistad, la identidad y el poder. El cuerpo, la tierra y la memoria se entrelazan en una novela de tensión extrema, donde el pasado no explica: insiste.

Fuerzas en tensión

Cuatro entradas a la novela

01

El pozo

Castigo, escenario de poder y espacio inmóvil donde la palabra se vuelve una forma de acción.

02

El viaje

Sinchicay recorre América en busca del padre y, al narrarse, convierte el origen en una pregunta.

03

Oda

Una mujer que ha sobrevivido reinventándose y cuya decisión altera el equilibrio entre Sinchicay y Andrada.

04

La tierra

Desierto, polvo, sal y montaña: el paisaje no rodea a los personajes; interviene en sus destinos.

Adelanto

Tres entradas

El comienzo instala la voz de Sinchicay y la violencia del pozo. El segundo acompaña a Oda bajo amenaza. El tercero abre el viaje americano de Sinchicay en la escena del cruce con Ayaviri, Llawar y su hijo.

Leer el comienzo: El pozo

Finca en La Dormida
Día uno, 13 h

Es cruel el desierto, Gómez. Pero no más que yo. Quince meses estuvieron los pozos abiertos, tapados con tablón. Y ahora usted está enterrado en uno hasta el cuello. La lengua afuera y la coronilla ardiente. Deje que me ponga un trapo mojado sobre la nuca. Este sol convierte todo en una plasta.

Se pregunta ahora si voy a matarlo. No lo sé. Usted me ofreció una amistad que siempre me había negado la suerte. Y entonces capaz no lo mato. Esto podría ser solo un escarmiento. Tres días aguanta un hombre en su circunstancia. Eso lo aprende rápido un indio mestizo como yo. La paliza fue necesaria, acrecienta la sed. Esta noche estará incómodo. Aunque las víboras y las hormigas duermen a esas horas, no se alarme. Querrá agua, pero no tendrá más que las estrellas. Y cuando el sol esté alto, yo estaré fresco para pensar en esta media tumba suya.

Usted se entregó como un cordero. Vino a mí para ser ajusticiado y se dejó enterrar como un cascarudo del desierto. No sabe el problema que me trae con ese gesto. Eso que ve allá es el galpón de los muchachos. Ellos esperan que lo mate y afirme quién soy en estas tierras. Me debo a otros más poderosos y a los pinches también. Ahora mismo me espían desde el galpón. Esperan una patada, un alambre en el cogote. Sienten terror de mi autoridad. Todos quieren su muerte, Gómez.

—Diga algo. ¿Dónde está Marina?

—Fuimos amigos.

Si viera la furia que me sube por el pecho. Usted llegó con esos aires de recienvenido y dijo: haga lo que quiera. Ay, Gómez. Yo sé que huye de cosas peores que un pozo en la tierra pelada. La mujer lo traiciona y usted viene al muere. Entonces sus entuertos de polleras son para mí cuestiones de poder. Y ahora estamos acá, en este entrevero. Si no fuera por los muchachos, quizá le hubiera invitado una grapa. Me alegré de verlo y lo comprendo. Un hombre como usted es un desahuciado. Y cuando alguien así encuentra una patria está perdido. Se aferra a ella y tiene que volver. Pero yo no puedo ser su compadre, Gómez. Aunque lo fui.

Leer a Oda: Presentes baratos

Ciudad de Mendoza
Día dos

La terminal de ómnibus es un bazar. Pequeños comercios de abalorios, kioscos de golosinas, de revistas, tienditas de ropa y perfumes de imitación. Oda atraviesa ese mercadito de presentes baratos rumbo a la plataforma veintitrés, a esperar el colectivo que la dejará en La Paz, Mendoza. De allí, otro ómnibus va a llevarla a La Dormida. Y aunque esos nombres presagian calma, e incluso desidia, Oda está nerviosa.

Son las diez de la mañana y tendrá tres horas y media para pensar. La multitud se roza en los pasillos sin entrar a los comercios. Pocos parroquianos toman café y, en los altoparlantes, no se entiende nunca cuál es el próximo colectivo. Prefiere esperar en la plataforma, donde la recibe un viento fresco. Prende un cigarrillo. Un hombre que lee el diario recostado en la pared, con la suela de una zapatilla apoyada sobre el muro, no deja de mirarla.

Oda viste con discreción. Vaqueros y remera. Tiene el buzo con capucha colgado del brazo y guarda el resto de sus cosas en una mochila. Al ponerse el abrigo, sus pechos se disimulan y el hombre vuelve a lo suyo. Ella tira el cigarrillo y enciende otro. Tiene que ver a Sinchicay y todavía no sabe si será capaz de contarle lo de Andrada.

El colectivo de Andesmar llega a la plataforma. Su boleto es para el piso superior. No podrá dormir. Sube y se acomoda en un asiento individual. Por la ventanilla ve que sube el hombre del periódico. ¿Será un matón de Andrada? Desde el episodio de la iglesia no ha dejado de tomar. El hombre también viaja en la parte superior. Se acomoda en uno de los últimos asientos. Malo, porque él podrá verla a ella, pero no a la inversa. El micro arranca y pronto toma el Acceso Este. No pasa ni media hora y el paisaje ya es puro desierto, polvo, cascotes. Matas dispersas de jarilla y casas como arbustos, aquí y allá. Ranchos.

En un recodo, pasan un santuario de la Difunta Correa. Su mamá era devota de La Santina, la Virgen de la Covadonga. Todos los años iban a hacer una promesa al Mollar. Oda pedía que su papá la quisiera. Pero la Virgen nunca escuchó.

Leer el viaje: El ordenador del mundo

Capítulo seis
El ordenador del mundo

A las diez de la noche estábamos en el montecito y vimos acercarse un bote. Ayaviri me pidió la plata y volví a negarme. Me empujó. Yo era más alto y fuerte, por eso creo que lo pensó, Gómez, y se carcajeó conmigo como si no lo hubiera hecho de veras. No vamos a pelearnos ahora, muchacho —dijo cuando el bote ya calaba cerca de la orilla.

Llawar era un boliviano petiso que viajaba con su hijo en una embarcación de mala muerte. Nos metimos al agua. Él me recibió con una sonrisa llena de agujeros. A Ayaviri le dio un abrazo. El chico tenía la mirada enconada y más o menos mi edad, pero era menudo como el padre. Antes de subir al bote, me prepió para que no embarcara.

—¡Dame la plata!

Saqué cien dólares. Le pagué a Ayaviri y le dije a Llawar que le daría los cien restantes del otro lado del río. No estuvo de acuerdo.

—El bote no se mueve si no me das esos verdes.

Dije que entonces buscaría otro barquero. Que el suyo no era el único bote piojento que andaba por la ribera. El pibe se retobó, sacó pecho y se me vino al humo. Pero el padre lo detuvo. Extendió la palma y me ayudó a subir. Ayaviri se quedó parado al borde del agua, con las manos en los bolsillos. Silbaba.

—Vayan con Dios —dijo.

El adolescente puso en marcha el motor.

A Llawar le gustaba hablar. Mientras yo metía las manos en el agua y me chupaba los dedos —es casi tan salada como el mar— él nos contaba una leyenda del río. Parece que Thunupa, el dios, predicaba en la hoya del Titicaca sin ninguna fortuna. Al decir esto la boca de Llawar se cerraba en la u con cierta demora y sus ojos se ponían severos. El hijo, en cambio, dejaba la mirada en blanco y se esforzaba en el timón. Yo relojeaba las bolsas de arpillera que, en la proa del bote, tapaban lo que parecían paquetes de chala.

El dios Thunupa, por su parte, navegaba enfurecido por el lago Titicaca y chocó con el Chamarca. Así un gran río se abrió al sur del lago, para desaguarlo. Se lo llamó Aullagas —decía el padre—. Es este mismito río, niño —dijo Llawar— por el que viajas. Thunupa era el ordenador del mundo y yo recé para que mandara unas buenas bolsitas de chala. Ay, Gómez, así son todas las cosas, como el río. Partidas. Se abren en direcciones opuestas y es el hombre el que decide, como Thunupa, el destino de todo lo que hay sobre la Tierra.

El hijo de Llawar, mientras tanto, captó mi interés en la proa y dijo a boca de jarro:

—Esos cincuenta dólares por dos paquetes de chala.

—Tres —dije yo.

—Te doy uno solo, ahora —dijo el muchacho, a la defensiva, y le indicó al padre que me lo entregara.

Llegábamos al otro lado de la frontera y me preocupé por correr el faldón de la camisa y mostrar la culata de la Beretta, mientras el muchacho me entregaba el paquete. Le di los ciento cincuenta dólares y puse las patas en el agua salada. Tal vez me había dejado estafar, Gómez, pero estaba en Perú, con plata y con chala. Nada menos que un changuito como yo. Había llegado muy lejos.

Disponibilidad editorial

El manuscrito completo y el dosier se encuentran disponibles para editoriales y agentes.

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Algunas impresiones

Leí el principio y me quedé con muchas ganas de seguir, cuándo sale la novela Es un western?

— Martín CABA

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