Página de la escritora Graciela Scarlatto
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Capítulos de Vaselina elegidos al azar.
Capítulo uno: Sinchicay

Esos caranchos, Gómez, vienen por sus ojos. Así como no se lo digo –pero podría– le digo otra cosa. No sé. Habría que pensarlo. Me gusta imaginarlo así, enterrado hasta el cuello en el desierto, con la cabeza afuera, comido por las hormigas, chupado por la sed y las serpientes o no.

Pero este indio que soy no se conmueve. La lástima no se obsequia a los amigos aunque tampoco a los enemigos. Y no me compadezco, no, porque yo no tengo sed. Soy la lengua del desierto y vengo a hablarle desde muy lejos, desde el orfanato, cuando ni siquiera podía comer; desde el cinto del coronel que me introdujo en el arte de mandar. Soy un fantasma, si usted quiere. Una aparición. Y todo esto podría ser poco más que una parodia de la vida entera.

El pozo lo hicieron los muchachos y bastó una orden, una palabra mía para ahuecar la tierra con las palas, tomando tetra y fumando. Dos pozos al sereno bajo las estrellas. Y usted llenará uno de ellos porque lo desea, según parece, o está ya adentro, enterrado hasta el pescuezo, con la vida a sus espaldas pero la cabeza en alto. Agradézcalo. Usté, cabeza gacha todo el tiempo, ahora mira las estrellas y piensa en la lluvia, quizá. Mira a lo alto o debería hacerlo, Gómez, no se tire a menos. Tiene lo suyo, usted. Me dio una hermandad que por mucho tiempo me esquivó la vida. Un hombre así. Un gringo. Y si después me la retiró, habría que pensarlo; no es cosa de ponerse a matizar ahora, en estas circunstancias apremiantes. ¿Tiene sed? ¿La tendrá? Usted es el hombre de la sed. Y yo soy el aguatero. Lo tengo todo y nada al mismo tiempo. Yo hablo en el desierto, Gómez, mi palabra está muda, es la lengua del que ya no necesita decir nada. Insignificante.

Un solo gesto mío basta para llevarlo a la muerte, un solo gesto para enterrarlo en un pozo o para redimirlo. Pero la cosa viene dura, para mí, para usted. La cosa siempre viene dura para un indio maleante. La transa ya no es fácil. Me pongo viejo o no; soy como un muchacho montando a pelo una moto en la montaña. Hay que ser muy macho en la frontera; traficar, se trafica con las vidas. La esperanza es moneda de cambio. Agua le ofrecería, un balde de agua fresca en la cara para ver cómo lo anega el barro, cómo escurre por el cuello la lava cristalina. Evitará su boca. No se puede beber. No podrá. La vida esquiva todo lo que es prioritario, se hace rogar; nos vuelve arqueólogos, geólogos de un sueño. Del suyo, digamos. ¿Tiene un sueño, Gómez? ¿Piensa en ella?

Y así vamos; tomando ginebra en la Asociación de Box, charlando o escapando. ¿Qué es una traición? Una más. ¿Y una amistad? ¿No hubo una hermandad entre grapa y grapa? Las cosas que hacen los gringos. Las cosas que puede hacer un indio como yo. Mestizo. Puchero de maldad y bonhomía. Vaya a saber. Qué dice usted ahí enterrado o fumando en un café, viendo pasar a las pibas que se visten como ella. Porque seguro que las mira, ¿o no? Anoche cayó la helada y el desierto se parte en una grieta por donde hierven las hormigas. Las culebras, Gómez, se arrastran con la lengua alzada. Un hombre enterrado hasta el cuello, sus ojos serán un gran bocado. Dos ratas sedientas, sus ojos. Así lo imagino. Medio muerto, herido, seco gracias a mí.

Y no me felicito en nada.



CAPÍTULO DOCE: Marina

Tengo un perro, yo. Más bonito; overo. Lo reto porque corre y se va lejos; y aunque es lindo escaparse, yo no soy como mi choco Hojalata, que desaparece por semanas. Yo vuelvo, aunque no quiera. Y ese día volví porque los médicos alcanzaron a llevarme al hospital. Con la sirena prendida. La ambulancia se zangoloteaba en las curvas y hacía ruido a calesita descompuesta. Y había olor a nafta y a Mertiolate. Pero yo no cerraba los ojos, aunque estaba como dormida. Y estoy segura de que pensaba en mi perro porque lo quiero tanto y se iba a quedar solo, decía mi papá: ¿No te importa que se quede solo? Y tu madre, ¿no te importa? Pero bueno, no me importó. Ni lo pensé cuando encontramos el revólver en el tinglado de la gomería. Nico lo había envuelto en un trapo roñoso junto a un frasco de tuercas lleno de balines, no más grandes que los colmillos de Hojalata; y todo eso en la caja de herramientas, oxidándose. El revólver era plateado, chiquito. No fue difícil meterlo en el bolsillo del pantalón y apuntarle después a las moneditas, en el campo, para practicar. Lautaro, que siempre me daba el alfajor en los recreos, le disparaba a las sandías. Yo prefería las monedas pegadas con chicle a la pared porque brillan al rayo del sol, pero no acertaba nunca. Y casi enseguida nos dimos cuenta de lo que íbamos a hacer, por ejemplo, a la siesta, en primavera, en el patio de la casa de Lautaro porque hay margaritas y malvones colorados y un árbol de durazno blanco que nunca se llena de bichos. Irse es lo que importa, ¿no? De una manera o de otra. Y ahora todo el mundo pregunta y se mete donde no debe: y que por qué te disparó, y que si fue un accidente o lo planeamos, o también quieren saber si yo estaba embarazada o mi mamá es una loca. Todos esos preguntones son como Hojalata, que olfatea el muslo de las señoras por debajo de la falda.

Tiene la lengua azul, mi perro. No. Morada. Y un montón de malas costumbres: arrastra el culo por el piso y es un poco ladrón; pero es que no se da cuenta. Por eso, Sinchicay no lo quiere. Aunque también decía lo mismo del tipo de la pensión y ahora son amigos. Gómez, se llama. Se quedan horas sentados, mirando la terminal o el puesto de sandías, sin hablar. Me preguntó por la bala, el tipo ese; y por qué le voy a decir alguna cosa, yo. Tiene las rodillas puntiagudas y es antipático. Y me mira; como Hojalata, me mira. A mí no me gustan los extraños. Bueno, sí. Pero me gustan los que se van ligero; no como este, que se instaló en la pieza de Sinchicay y aunque no trajo valijas, porque estuve mirando, parece un bicho canasto: siempre está metido en la pieza o en el café, como si no tuviera casa. Casi no me habla. Me mira y no me habla. Pero a mí no me importa. Yo limpio la pieza y le hago los encargos que me pide, que a veces son difíciles porque hay que ir a Santa Rosa. Y después me pongo a leer o a andar en bicicleta por la ruta.

Es linda la ruta porque llega lejos. Yo algún día también voy a viajar, en un auto rojo y grande, en un colectivo; me voy a ir cuando sea grande –bueno, más grande– a conocer el mundo como Sinchicay, que estuvo en lugares con nombres graciosos, como Cojitambo, Pumapungo y Atacama. La Dormida es como Atacama, dice Sinchicay; pura tierra quemada por el sol, dice; y fuma una cosa asquerosa que se llama chala. La chala se hace con la cáscara del maíz, dice Sinchicay. Se seca la cáscara al sol y después se hace el cigarro, atándolo a veces con una piolita. Como un barrilete, dice. A mí me gustaría ser la oruga de la cáscara de maíz, que vive caliente y protegida. Sinchicay es bueno y me da libros, con dibujos y sirenas y aventuras de gente que está lejos y no puede llegar rápido a su casa porque, a mí me parece, no quiere volver; como el dibujito de Ulises, como el tipo ese de la pensión y como yo, que no quiero volver nunca, nunca más a La Dormida.

CAPÍTULO CUATRO: Gómez

Sinchicay nació en Bolivia. Parece que La Paz lo expulsó de su costado conservador como una gota de pus es drenada de un grano. Estuvo en Ecuador, en Perú, en Chile. Durante un tiempo vivió del contrabando hormiga de marihuana y medias de nailon entre Mendoza y Santiago. No explica cómo llegó al desierto, no explica nada, Sinchicay. La chica del perro entre las piernas me cuenta a medias la historia, mientras deja una frazada en la cama de una pieza miserable.

Hotel Montevideo; doce habitaciones, baño compartido, agua caliente. El cuarto es de tres por tres. Un ropero de pino tapa a medias la ventana. En la pared de enfrente, el sol de las dos de la tarde trepa por el zócalo hasta la cama de hierro y una de dos mesas de noche. En el estante de los zapatos hay una escupidera. Un vaso de agua sobre la tabla de pino; un libro ilustrado, para niños. Voy a tener un compañero, pienso.

La escupidera no es eso, funciona como maceta de un malvón descolorido. La colcha de la cama contigua tiene remiendos y está limpia. Las paredes, plagadas de clavos, pero no hay cuadros ni estampitas ni fotos, solo un espejo junto a la ventana semicondenada. Un retrato de Nicolino Locche se deja ver debajo del vidrio de la mesa de luz. Es la misma mesa de la escupidera.

–¿Quién duerme acá?

–Sinchicay –dice la chica y se va.

Me siento en la cama con la cabeza entre las manos. Huele a creolina, a jabón blanco, a espiral para los mosquitos. No tengo que irme de esta pieza; pienso. Hay algo amigable en el hotel Montevideo. No es la habitación ni la foto de Nicolino. La escupidera, tal vez sí, con su ridículo malvón sobreviviente a décadas de orín y flema en el desierto, las hojitas verdes asomadas a la loza descascarada, al óxido. Todo se ve rojo en el desierto, todo parece perseverar en su existencia: las matas de pasto seco, la montaña en el horizonte, una colonia de hormigas y su marcha militar por el surco de las baldosas. Me gustan. La maceta improvisada, las hormigas, la habitación, la soledad absoluta detrás de la ventana y el silencio donde sobreviven el malvón y las cosas apagadas de la pieza.

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